Gabo y sus flores amarillas

Por: @JimenezLamas

Se nos fue Gabo y las lágrimas corrieron desde los televisores, los radios y hasta las redes sociales. Nos dejó desconsolados despidiéndonos sin él en Bellas Artes. 

Poco antes de las diez de la mañana la gente y yo ya estábamos aglutinados frente a Bellas Artes soltando gruesos lagrimones; a esa hora, la presencia del cuerpo de Gabo llegaba, y los famosos todavía no se hacían su aparición así que el ambiente de solemnidad y tristeza reinaba en toda la explanada.

Muchas personas esperaban ansiosas a la llegada de Gabo y de muchos otros intelectuales. Algunos cargaban sus obras y soltaban un verso de tanto en tanto, un verso que nos hacía agarrar a la tristeza por los cuernos y darle una zarandeada.

A pesar de que en un principio el ambiente fue de solemnidad, conforme a que fue pasando el día y comenzó a llegar una horda de gente que intentaba darle el último adiós.

Llegaron personas de todas partes, algunas decían haberlo conocido y contaban historias tan fantásticas de él como las historias que escribió en sus libros. No pasó mucho tiempo antes de que arribara la comunidad colombiana que cargaba con un trompetista que iba tocando música colombiana por lo alto y que todos intentábamos corear con la ayuda de aquellos que se sabían las letras.

A diferencia del ambiente solemne y triste que rondaba por la mañana, conforme fue pasando el día y la plaza se comenzó a llenar de una gran variedad de gente, el ambiente se volvió festivo. La muerte para Gabo, como lo suponíamos todos, era solamente una historia más para él.

Ni las inclemencias del clima lograron disuadir a los más valientes que seguían formados estoicamente en la larga fila que le daba la vuelta a Bellas Artes. Muchos quedamos decepcionados al entrar a ver a Gabo y solamente ver un cofre frío con sus cenizas. “Eso no es Gabo” dijeron los que estaban frente a mí, y en cierto sentido tenían razón, Gabo estaba afuera, en la explanada.

Se encontraba en el realismo mágico de los que nos convertimos en colombianos por un día al leer sus libros, en los que soñamos con aquellas guerras libradas por el general Aureliano Buendia. En los que nos sumergimos en un río de luz al romper un foco y buceamos por entre los faroles de nuestra conciencia. Ahí está Gabo, no en la visita de los presidentes iletrados ni los intelectuales sin cerebro.

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