Una de muchas realidades en nuestro país

Por: Alicia Morales Godoy//Foto: Alicia Morales Godoy

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Un día normal en la comunidad de San Marcos, Cochoapa, Guerrero.

Era uno de los últimos días de marzo. Aproximadamente eran las 8 de la mañana cuando la realidad que viviríamos una semana en Cochoapa, Guerrero había empezado. Dentro de este pequeño pueblo empapado del mixteco, mi compañero de equipo y yo, estábamos alistándonos para ir a desayunar a la casa de la señora que nos invitó.

Emiliano, su hijo, el único que hablaba español en la comunidad, nos guió hacia su casa  muy emocionado. Al entrar, su hogar estaba lleno de humo; mismo que salía del comal:  Su mamá estaba haciendo tortillas. Las tortillas no eran como usualmente las conocemos. ¡Parecían crepas de lo grande que estaban!

Al minuto, ella nos llevó a la pequeña mesa de madera donde estábamos, un pequeño recipiente con un caldo rojo y huevo. No había tenedor, no había chuchara; lo único que teníamos era una enorme y deliciosa tortilla. Le dimos las gracias y empezamos a comer al estilo prehispánico. Al partir la tortilla, me quemé un poco. Hice la tortilla de manera que tuviera forma de cuchara y tomé el primer trozo de huevo. ¡Vaya que el guisado estaba picoso! Sin duda, la comida de aquella comunidad no tenía personalidad sin el chile.

Como se pudo, terminamos de desayunar. Volvimos a dar las gracias y nos levantamos de la mesa. Mi compañero y yo volvimos al cuarto donde estaríamos instalados esa semana. Planeamos las actividades que haríamos durante el día y decidimos que lo primero sería visitar las casas. Buscamos a Emiliano, el nos ayudaría a traducir del español al mixteco. Tal cual hacía el trabajo de la Malinche.

Empezamos por las casas más cerca de donde estábamos.  Al llegar, saludábamos a quien estuviera en la casa, le regalábamos un rosario y una imagen de la Virgen de Guadalupe para que pudieran rezar. Conforme íbamos avanzando, los demás niños de la comunidad se unían y nos acompañaron al visiteo de las casas.

Todas las casas estaban hechas de adobe; la comunidad de San Marcos es una de las más pobres del País. Terminamos nuestro recorrido muy pronto, pues solo eran diez casas en la comunidad. Apenas sería una calle de la ciudad.

Había varias casas sin gente; Emiliano nos dijo que varios partieron hacia Jalisco para la recolecta de chiles y regresarían hasta mayo. Algunos de los niños entendían algo de español pero no podían entablar una conversación como Emiliano.

De pronto, paramos en una de las casas vacías y preguntamos quien vivía ahí. Escuché que alguien respondió: “¡Yo!” Y para asegurarme, volví a preguntarle si el vivía ahí. Era un niño aproximadamente de 11 años, quien tenía una hermana y un hermano, menores que él. En seguida, mi compañero de equipo le preguntó por su mamá o de alguien que estuviera a cargo de la casa. Y nos volvió a responder: “¡Yo!”

En eso, volteamos a ver a Emiliano y le preguntamos si era cierto. Entre que nos quería decir y no, no nos supo decir en donde estaba su mamá y nos dijo que su papá había muerto. Mi compañero y yo no lo podíamos creer. Debía de ser una broma. Después, Emiliano nos dijo que su padrino de los tres niños era uno de los que se fue a Jalisco y regresaría hasta mayo.

Prácticamente los tres niños viven solos; se valen por si mismos. Mi compañero y yo no lo podíamos creer, no había forma de asimilarlo. Entre los habitantes de la comunidad se turnaban para darles algo de comer. Irónicamente aquellos tres niños eran los más latosos de todos. Esa noche dormí agradecienda por todo lo que  tengo.

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