Viaje al pasado: El Gallo de Oro

Por: Roberto Hernández / Foto: Cantina el Gallo de Oro

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El destino de hoy es el recuerdo a un México antiguo; un viaje de 142 años a través de diversas generaciones. Uno de los lugares más emblemático del México postguerra, el cual aún en nuestros días ensalza su grandeza en las calles del centro histórico.

De repente suenan las campanas cuya función es despertar. Caminar hacia el transporte suburbano más eficiente de la ciudad. Una vez pagada la cuota por el transporte, toma diez estaciones llegar. Al bajar en la estación bautizada con el mismo nombre que su parque, sólo es cuestión de caminar unas cuantas cuadras para llegar.

Al caminar por la calle nombrada en honor al presidente nacido en Cuatro Ciénegas, jefe del Ejército Constitucionalista y partícipe en la promulgación de la Constitución de 1917; se disfruta la vista, hasta donde la multitud lo permite. Postrar la mirada en la Plaza del Colegio de Niña, más precisamente en el obsequió por parte del gobierno turco por el primer centenario de independencia en nuestro país. Por otro lado sobresale la rana en la fuente, muestra del aprecio anónimo hacia México. Ambas son recuerdos de las anécdotas que aquellas madres contaban a los niño acerca de sus años de trabajo en aquella plaza; historias que dotan de cierto cariño al ver los monumentos.

Antes de llegar, ya se observa la hospitalidad. Su nombre sencillo al igual que su entrada, hace sentir un mundo mejor, una cantina que no necesita gritar para ser escuchada, sino que deja a su elegancia hablar por ella. El Gallo de Oro recibe a todos como un huésped especial, con una cordialidad que no se ve tan seguido. A ellos no les importa si eres Manuel Espinosa director de Banco de Comercio o Claudio Ibarra, picudo en Nacional Financiera; su trato será igual de cortés para el hombre más humilde como para el más poderoso.

Voltear a ver la cantina, sorprende la extensión de botellas de diversas nacionalidades y el abasto en bebidas en su carta. Eso nos habla de una preparación para satisfacer las exigencia de los comensales.

Cuesta trabajo lograr ser escuchado. La gente habla como si por cada oración que dicen se multiplicaran en más personas y generan más ruido; sin embargo no es molesto, hace imaginar que así fue en sus épocas doradas y es de plena alegría revivir esos momentos.

Los platillos se ven deliciosos, me hubiera gustado pedir de todo, pero no importa, mi corte de carne estaba en su punto. Con una cerveza se brinda por aquel perfecto lugar.

Aquel reloj de madera antigua, postrado sobre un pilar de madera aún más añejo juega con las personas y quita el tiempo, corta los minutos en aquella cantina y es odioso por ser tan bromista. Uno quiere pedir la cuenta y al gallo bañado en oro que majestuosamente se postra en la parte más alta del lugar, pero no es posible; tampoco tomarlo con sigilo es una opción, por de debe conformar con su recuerdo hasta el día que uno regrese.

Después de varios tragos y una comida digna de recomendar es momento de partir. El tiempo ahí deja un pensamiento de tranquilidad. A veces pasamos la vida demasiado apresurados, consumidos por la rutina laboral que nos desgasta día con día, pero si por un momento, podemos sentarnos unas horas y disfrutar de los bellos lugares que ofrece nuestra ciudad, tal vez, no todo está perdido.

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